lunes, 4 de agosto de 2014

El Nuncio del Papa en Madrid comunica al Cardenal Arzobispo Rouco Varela la aceptación de su renuncia al cargo a los 78 años de edad

Indignado e incómodo, el cardenal Rouco Varela no daba crédito a lo que estaba pasando. En su fuero interno pensaba: "No me pueden despedir así. Mi hoja de servicios a la Iglesia merece otra cosa". Tuvo que hacer gala de todo su autocontrol ante el Nuncio, aunque en su mente martilleaba sin cesar una idea: Roma estaba cometiendo una gran injusticia con él. En el fondo y en la forma, según ha publicado Religión Digital.
Según el entorno del Cardenal-Arzobispo de Madrid, no acababa de creérselo. Y, además, se siente humillado. El día 25 había estado en Compostela, presenciando en primera fila, como eclesiástico de mayor rango, la primera ofrenda del nuevo Rey, Felipe VI, al Apóstol. Allí, todo el mundo sabía que estaba de salida, pero seguía conservando su aura de poder. En todos los corrillos clericales compostelanos se hablaba de él y de su "secreto" para permanecer en el puesto de Arzobispo de Madrid tres años después de haber cumplido los 75 años y con un Papa que no es de su cuerda.

En el Obispado de Lugo, donde su sobrino es Obispo, Mons. Rouco Varela recibió la llamada del Nuncio de Su Santidad: "Eminencia, tengo que verlo mañana sin falta en la sede de Nunciatura. Tengo que darle una noticia en persona". El Nuncio le comunicó que el Papa aceptaba su renuncia. 

Y como no se lo esperaba, El Cardenal-Arzobispo de Madrid, salió de Nunciatura muy dolido. Y así sigue: tremendamente herido y enfadado con el mundo. Los que le han visto estos días aseguran que "casi llora por las esquinas" y que, en privado, no hace más que lamentarse. Repite al que quiere oírle casi lo mismo que le dijo al Nuncio: "Con lo bien que estoy de salud, puedo seguir. Hace una semana que estuve en Roma y nadie me dijo nada. Y, ahora, me lo sueltan a través del Nuncio. Con Benedicto XVI no habría pasado".

En su entorno, que cada vez presenta más grietas, aseguran que "cuando se lo dijo el Nuncio, se pilló un rebote monumental y, ahora, está afectadísimo. No quiere irse. No acepta la idea de tener que dejar el cargo y pasar a ser emérito". Su enfado es tal que, a algunos llegó a decirles que, venga quien venga, él se va a quedar en Madrid. Más aún, amenaza con permanecer en el propio Palacio de San Justo, residencia de los Arzobispos madrileños: "Haremos un piso abajo para el que venga y yo me quedaré arriba, en mi casa de siempre".

Para demostrar que está en buena forma y que la archidiócesis sigue funcionando a pleno rendimiento, el cardenal ha llenado de grandes actos su agenda hasta octubre: el 6 de agosto preside, en Compostela, la conmemoración del 25 aniversario de la JMJ de 1989; del 18 al 21 de septiembre Madrid acoge las II Jornadas Sociales Católicas Europeas; el 27 de septiembre la beatificación de monseñor Álvaro del Portillo, sucesor de Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei; y hasta tiene programado ya para el día 7 de octubre el comienzo de la visita pastoral a la vicaría V de la diócesis madrileña.

El Cardenal Arzobispo de Madrid, Mons. Antonio María Rouco Varela, hombre de poder, acostumbrado a dirigir los hilos de la política eclesiástica española durante más de dos décadas, se siente, por vez primera, impotente y sin apenas capacidad de maniobra. Pero fiel a sí mismo, no ha parado de buscar explicaciones a la llamada del Nuncio. De entrada, está tan enfadado con monseñor Fratini que hasta le echa la culpa de que el Papa le haya aceptado la renuncia así, de repente y sin previo aviso.

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